viernes, 25 de diciembre de 2009
1º p.s.
A ti que el drama es tu acting más elocuente
A ti que el cielo siempre se tiñe de pardo y de sombras
A ti que nada te convence ni te viene bien
A ti que el silencio te regocija y a la vez te sofoca
A ti que te balanceas de un extremo al otro en la borrachera de tus sueños nefastos
y que la brisa de la envidia te refresca el aliento
A ti que te hielas con el perfume de los años
y que te capturas en el instante mágico del flash del pasado
A ti, mi narciso antecedente, mi presente concurrente y mi futuro inhabitable
A ti, mi macho del pasado, mi soborno claudicado, mi sonrisa funesta.
A ti que te envenenas con los años, mas te vas purificando en la espuma del orgullo
A ti que todo te lo sabes aunque si del corazón se tratare nada sabrías responder
A ti el príncipe protagonista, no eres más que un mediocre artista que solo sabe mentir
A ti que tus ojos de lagañas al anochecer se empañan con las vísceras de la ilusión
y que tu andar tan decidido solo contagia enemigos o algún que otro secreto admirador.
A ti que tu única compañía es la soledad sombría de esta calurosa humedad
y que con el correr de los años te vas idiotizando con la misma repetida figura
Cuánto te cuesta aceptar que no va a ser tuya en tu vida jamás
A ti ciego beodo efervescente
A ti que bebes tus lágrimas lentamente cuando nadie te ve
A ti que si en el espejo te miras depende del día que se rompa o no
A ti gusanito arrastrado que quieres recoger del pasado la tierra que se secó
A ti que al igual que un sádico perverso se quiere asfixiar en los besos que jamás fueron dados
Y que en estas rimas tan sinceras has liberado al fantasma que te esclavizó-
A ti.-
martes, 22 de diciembre de 2009
Mi popurrí de constelaciones
Mi popurrí de constelaciones
te quiero ¿sabes?
Mi caudal de circunstancias incompletas
quiero tenerte aquí de por vida
y beber de tu mirada
la fuente de cariño que despliegas
como un chorro que a raudales
colorea mi alma de a poquito.
¡Hey!
Eres la cosita más grande que tengo,
y es contigo con quien quiero
morir en mi morada.
Aunque ya no sé ni cómo me contengo
las ganas de besarte
e intoxicarme con el veneno
de tus besos tan sabios
que con la espuma de sus labios
rompen en olas de espasmo
la costa de mis sueños tan perplejos.
Déjame decirte en un suspiro
entre el sol y las sirenas
y el mar que cosquillea
abriendo un abanico de sonrisas,
lo mucho
lo tanto
que yo,
mi vida,
mi cielo,
MI AMOR,
lo mucho lo tanto lo todo LO MUCHÍSIMO que yo
TE AMO.
(Buenas tardes caballero,
vengo en nombre de mis silencios)
martes, 17 de noviembre de 2009
CAPÍTULO UNO: Algo que huele mal.
Así podría representar este recuerdo, yo entusiasmado con un álbum de figuritas y él, muy silenciosamente, jugando con las teclas del piano de mi abuela Belirrosa, o como nosotros le decíamos con cariño Beli. Era sorprendente el oído que tenía, pues ya lograba sacar algunas melodías y ritmos sin tener la más pálida idea de teoría musical y podía notar en él cierta suntuosidad y talento natural a la hora de realizar lo que se propusiera. Además, como si fuera poco, podía leer perfectamente de corrido y ya manejaba la letra cursiva con una facilidad increíble y una prolijidad de las cuales nunca pude ser dueño. No sé si los sentimientos que me generaba mi amigo eran de competencia, de admiración, de envidia o de qué, pero nos llevábamos bien y eso era lo esencial, justamente cuando mi vida sucumbía a la soledad y a la cariñosa compañía de mi familia, especialmente de mi abuela Belirrosa, que como era su nieto más pequeño y como vivía conmigo teníamos una especie de conexión, a veces algo insoportable, pero empalagada de mimos que me reconfortaba lo suficiente y he llegado a descubrir que constituía uno de los pilares de mi vida afectivos y emocionales de imprescindible existencia.
Mi abuela era discapacitada y justamente vivíamos en una casa que estaba separada del suelo por aproximadamente veinticinco escalones por lo que la mayor parte de su vida se la pasó encerrada y sin mucha vida social que digamos. Había tenido un accidente en su fémur mientras bajaba la escalera con unos sifones de mi abuelo, que era sodero en el barrio y a quien no tuve el gusto de conocer. Su vida había sido bastante entretenida antes del accidente y ella me ha contado varias aventuras de sus viajes por todo el mundo, habiendo recorrido Venecia, Roma, Inglaterra, Suiza, Brasil, Chile, varios otros países de Europa y todo el territorio de mi país. A partir de la operación que tuvo en su pierna, donde reemplazaron su fémur de hueso por una espada filosa de hierro, su vida dio un giro de tres cientos sesenta grados y pasó el resto de su existencia confinada en este ataúd de vivienda donde ahora estoy escribiendo. Digamos que tuvo la suerte de vivir en frente del río, en una ciudad llena de verde y jovial, atiborrada de flores y endulzada con el canto de pájaros isleños y mareas constantes. A veces la veía salir altiva y con sus bastones por uno de los balcones de su cuarto, sus gafas coquetas, el rostro maquillado y los labios pintados de rojo carmesí. Siempre tan linda y elegante, tan linda que hubiera dado la vida por comerla a besos, de pie y orgullosa, aunque admito que la he visto varias veces con el rostro cubierto de lágrimas y resignada a aceptar la soledad y el duelo de la muerte de mi abuelo, el rubio, de mi abuelo José quien había muerto unos días antes de mi nacimiento.
Las condiciones de mi llegada al mundo no fueron utópicas, he tenido que soportar comentarios de mi familia como los de haber caído de regalito; mi mamá me concibió casi a los cuarenta años, por lo que deduzco que sus estimaciones acerca de su fertilidad fallaron en cierto punto, en tal punto que me tuvo que parir. Asimismo, la muerte de mi abuelo con quien mi mamá tenía una estrecha relación vino seguida de mi nacimiento, lo cual deja bien en claro ese dicho de que para que nazca algo, otra cosa debe morir antes o bien, el otro dicho más vulgar y algo morboso de mi parte, no hay mal que por bien no venga. Aunque aún no tengo bien en claro mi condición de bien.
Retomando aquella tarde con Federico, me detuve a observarlo un poco. Tenía algún gesto femenino en su forma de expresarse que me generaba bastante rechazo, siempre tuve algo de repulsión hacia los hombres con tendencias amaneradas. A veces me sorprendía con sus proposiciones algo descabelladas, de jugar a las muñecas o de vestirnos con la ropa de mis hermanas, cosa que a veces no podía comprender, más aún suponiendo que a esa edad no existen sexualidades definidas. Pero Federico más allá de su talento y habilidad sobrenaturales, tenía esa especie de defecto, su voz desvirtuada, los movimientos algo atolondrados y promiscuos, sus pasatiempos algo extraños y sus gustos particulares como lo era el de dibujar y diseñar vestidos en una carpetita rosa. A veces a mi familia, algo conservadora, no le gustaba que me juntara con él, pero yo estaba decidido y sabía que me gustaba una de mis compañeritas de colegio, así que mi consciencia estaba tranquila.
Recuerdo haberlo visto a Federico en uno de los recreos del jardín, cuando era más chiquito, jugando a los cuentos de hadas con otro compañero nuestro llamado Félix, en uno de los juegos del arenero. Esa mañana yo estaba intentando construir un castillo imaginario en mis pensamientos cuando de pronto miro hacia uno de los juegos, uno de esos con forma de túnel o de caballos de lata agujereados, allí estaban ellos dos apaciblemente dándose piquitos silenciosos y a escondidas de la maestra. Sorprendido, cerré los ojos y me di vuelta. Seguramente, Federico era la bella durmiente y Félix el príncipe azul. Siempre Félix el mejor de todos, el niño pródigo, bonito, con dinero, bien posicionado, educado y respetuoso, el falso perfecto a quien todos querían y que dejaba tanto a Federico como a mí en segundos planos, algo marginados del resto. A él sí que lo envidiaba y también lo apreciaba dado que al ser el líder del grupo debía rendirle homenaje, hacerle favores y chuparle el culo con gusto y sutileza. Ahora desde lejos, cuando me acuerdo de ese episodio el cual al verlo salí espantado y llorando hacia al baño, puedo entender que esas cosas son comunes en los nenitos y que es durante la infancia donde la sexualidad brota de manera asexuada, o bisexual y que desde muy temprano las pasiones comienzan a adecuarse como así también las elecciones y desviaciones provisorias.
¿Por qué me juntaba tanto con Federico entonces? ¿No debería alejarme? ¿No era peligroso para mí destino estar con alguien de comportamiento aterrador y anormal? En ese momento no se me cruzaban tales preguntas por la cabeza, yo tenía bien en claro todo y a veces me gustaba observarlo porque era gracioso y me hacía reír un rato con sus ocurrencias. Mientras comíamos un pedazo de la torta de mi cumpleaños con las banderitas de los países que me gustaban y que me había conseguido mi otra abuela, Victoria, sentí en mis ojos ganas de llorar pero logré contenerme las lágrimas, ya que si hay algo que siempre he sido fue ser orgulloso. Aún mi hermana mayor no me había regalado nada y, como la consideraba una especie de segunda madre, me sentía desilusionado, con extrema avidez por tener ese juguete que tanto me gustaba y con el que estaba encaprichado. Ya podía notar esa zozobra de capricho en mí, que hasta hoy en día me perpetúa y me empecina en lograr y alcanzar todo lo que quiero. En ese momento, mi objetivo era un objeto mientras que ahora, un poco más crecido, mi blanco son las personas, y por qué no… pensándolo bien, los objetos, ¿no? La cuestión era que yo no tenía mi regalo, eso me fastidiaba a tal punto que Federico comenzaba a irritarme y su voz de nenita malcríada inteligente me sacaba de mis cabales. Constantemente hablando de sus conocimientos teóricos y culturales poco interesantes e ininteligibles. Es el día de hoy que siento mis cumpleaños algo solitarios y abandonado como aquel, pero esto no viene al caso. Lo importante era que estaba con mi familia, mi abuela me había dado algo de dinero y unos besos con rouge muy pegadizos y mis papás me habían regalado una tarjeta que decía “para el campeón de la casa, mamá y papá”, qué desilusión les habré dado cuando supieron que no era ningún campeón sino uno de esos perdedores que no se da jamás por vencido, y ese día, ocurrentemente, no iba a permitir que me quedara sin regalo el rey del hogar, o sea, moi.
Salí corriendo con mi peluche del rey león y llorando casi tan marica como mi amigo Federico y pataleando le hice una escena de victimización a mi hermana, le desordené las hojas de la facultad, le revolví todo el cuarto hasta que de un cachetazo me ubicó en mi carril y al verme el rostro colorado e hinchado me dio un beso, me tapó con su mano mis ojos y al quitarlos dejó sobre mis manos un paquete con un moño, que instantes más tarde desnudé para convertir en un ejército de soldaditos de plástico. La abracé, le di un piquito y me fui con mi regalo algo fanfarrón donde estaba Federico, en mi cuarto, sobresaltado e inquieto; estaba revisando mis cosas, siempre tan curioso y chusma por mis asuntos. Vaya a saber qué estaba buscando, pero pasé por inadvertido el hecho y le propuse jugar con los soldaditos a lo cual me contestó con una propuesta sexual entre muñecas que él tenía y mis muchachos de plástico. Todo terminó en una orgía de juguetería encabezada por él, yo miraba pasivamente cómo lo hacía y empezaba a notar un lado más perverso y negativo en su persona. Lo que aconteció en esas últimas horas de mi cumpleaños, no logro recordarlo, quizás sea por la represión o el trauma que me generó esa experiencia algo pornográfica con mi cada día más inusual amigo Federico de las Casas.
Federico solía tener una estrecha relación con mi madre. A veces me resultaba algo incómodo porque ni yo tenía tales vínculos con ella, era frecuente verlos abrazándose y dándose besos como si fuera madre e hijo y es el día de hoy que pienso que esa fue la semilla que sembró la orquídea de mis celos. Cada vez que veía a alguien con mi mamá una llama dentro de mí se encendía y ardía con pasión esa maldita costumbre que tuve y tengo de no poder compartir las cosas que más quiero. Y para colmo me crié con dos hermanas mayores, Federico siempre entre medio y mi padre, quien no viene al caso. Mis hermanas se encargaron de todos modos de darme mucho cariño y de malcriarme, siempre tuve todo lo que quise, todo tipo de regalos, juguetes, o nimiedad lúdica. La más grande de ellas, Nítmin como yo secretamente le decía, fue como mi segunda mamá; la verdadera siempre estaba trabajando hasta la noche y el contacto que tenía con ella no era excesivo, sino justo y suficiente, aunque no del todo. Así que era ella quien me llevaba al colegio, me sacaba a pasear al cine, a la plaza y me deleitaba con obsequios esporádicos y muy generosos. Hablando en serio, nunca he ido al cine con mis padres lo que deja muy en claro la escasa actividad paternal con ellos. Esto no quiere decir que no háyanme dado su afecto y de vez en cuando era con mi papá con quien iba a las carreras en karting, al teatro, a la calesita Sin Frenos, al río a pescar o pasear a nuestra perra Margarita, la cual terminó en un centro de rehabilitación por sus caderas dislocadas fruto de su hiperactividad en la escalera de casa. Tiempo más tarde, ingenuamente me di cuenta de que no estaba en un hospital perruno sino que enterrada tres metros bajo tierra. Claro, siempre lleva tiempo aceptar tales dolencias, ¿no?
La imagen de Federico fue imperceptiblemente introduciéndose cada día más en mi vida, ya no solo parecía un miembro más de mi familia sino que pasaba la mayor parte del tiempo conmigo, a lo cual me resignaba. Su presencia ya me estaba exasperando y sentía cierto desgaste en la relación, y admito que un poco de rechazo ante su desvirtuada femineidad tenía. Muy en el fondo le guardaba cariño pero mi simpatía ya se estaba consumiendo. Esa imagen de un niño con juguetes de nena y sus hábitos tan extravagantes hacían que naciera un miedo a contagiarme de esa enfermedad. ¿Cómo iba a permitir que él penetrara en mi vida así como si nada? ¿Qué iban al pensar mis amigos ante semejante tan mala influencia? Mi padre lo aborrecía. Al igual que yo. En eso coincidíamos. Siempre que llegaba a casa con su arsenal de juguetes rosas mi papá lo miraba con desprecio y hacía una especie de gruñido que solo él y yo entendíamos. Ni te cuento cuando aparecía disfrazado de mujer y jugaba con mi hermana menor a Xuxa, cada uno con sus porras y agitándolos en el aire sabiendo a la perfección la coreografía de sus más famosos temas.
Jamás podré olvidarme el rostro de mi papá al verlo a Federico vestido de blanco y simulando ser uno de los Susanitos, revoleando las falsas cartas por la cama y saltando como loca buscando la ganadora, corriendo hacia Susana, bajo la actuación de mi abuela Belirrosa, haciendo supuestos llamados telefónicos y gritando dame la SU, la SA, o la NA, ¡SUSANA! Creo que fue a partir de ese momento que mi papá comenzó a tener problemas cardíacos y de presión arterial. Tuvimos que internarlo en un hospital cercano para poder calmar la rabia que lo había poseído. A partir de ese día Federico comenzó a frecuentar mi casa con menor constancia dado que su presencia generaba una tormenta de recuerdos para mi padre que es mejor olvidar. Pero como siempre estaba en mi casa mirando la televisión y sin tener otra mejor cosa que hacer más que dormir o amasar una bolita de moco ya que era un hombre de espíritu de morsa y cuerpo de caracol discapacitado desempleado, Federico aparecía inocentemente tarde de por medio a atormentar mi cabeza.
Creo que sin su presencia mi infancia (y por qué no mi vida) hubiera sido perfecta. Tuve la suerte de poder tener una familia en una buena posición económica dentro de todo, de acceder a una digna educación, alimentarme bien y todo ese conjunto de necesidades básicas y no tan básicas, al menos en este país. La relación entre mis padres no era la mejor pero supongo que sería producto de la erosión que casi treinta años de matrimonio supone. Mis hermanas siempre fueron buenas conmigo y mi admiración hacia la mayor me inspiraba desafíos constantes por igualarla. Nítmin había sido siempre la mejor alumna, la profesora de inglés y de piano, la que sabía hablar francés, la contadora pública recibida a los veintitrés años con mención de honor y promedio ejemplar, el ejemplo a seguir, la organizada y la escrupulosa prolija, la ahorrativa, la que tomaba las mejores y más sabias decisiones, la mala deportista, la brillante genialmente lógica numérica. Y todos le tiraban flores y la galardonaban incesablemente, y es por eso, creo deducir, que siempre aspiré a ser como ella. Más adelante aprendí a tocar el piano, supe manejar el inglés a la perfección, me inicié en el mundo de la escritura y de la lírica principalmente, me esforcé por obtener los mejores promedios y seguí una elaborada serie de consignas con el afán de igualarla, o por qué no, superarla. Ella me lleva catorce años de diferencia, así que imagínense que ya desde muy chico podía apreciarse en mí esa especie de competencia y desafíos constantes, como así de plena admiración hacia alguien, en este caso por mi hermana Nítmin.
Por otro lado, mi hermana menor era la cara opuesta a mi otra hermana. Dos cosas completamente distintas. Mientras que una era sistemática y asquerosamente cerebral, fría y calculadora, ambiciosa y egoísta, Jenofonte, mi otra hermana, siempre fue dulce, esencialmente sentimental, cariñosa, sensible, desbordada por sus sentimientos, con algunas dificultades en el colegio. Y era la comparación permanente entre ellas dos lo que desembocó en la baja autoestima de ella y en su resignación a seguir una carrera como así a sus problemas de concentración y estima propia. Cada cual tenía lo que a la otra le faltaba y como toda persona, tenían lo suyo bueno y lo suyo malo también. Por el momento, nada se excedía de lo normal y mi familia aparentaba ser al menos una enmarcada en la normalidad. Aunque normalidad no es sinónimo de no problematicidad. Con el tiempo me he podido dar cuenta de que yo soy una combinación de mis dos hermanas, un remolino con centros de tensión antagónicos en una lucha constante por la dominación. Aunque esta división que nombro acá podía verse en el resto de mi familia también, el sector paternal siempre fue frío y orgulloso mientras que el de maternal más cálido y cariñoso, acogedor y bondadoso sobremanera. Nítmin pertenecía al primer grupo y Jenofonte al último, yo me balanceaba y hamacaba entre los dos, invariablemente.
Como verán en mi casa me daban todo lo que yo quería y pretendía, grave error por su parte que luego tuve que pagar con las consecuencias propias del capricho y la ambición. Mi crianza se vio influenciada por el cuidado de mi abuela con quien pasaba la mayor parte de mi tiempo junto con Federico. Solía contarme todos sus problemas de salud, sus operaciones y todo tipo de dolencias desde un dolor de hueso hasta una contractura de cuero cabelludo. Su hipocondría ligada a su desesperado deseo por la muerte me sumergió en un mundo de doctores, enfermedades y vacunaciones dolorosas. Federico y yo la escuchábamos atentamente, mirábamos la tele con ella y el programa de Susana y alguna que otra vez dormíamos abrazados en su cama, siempre con sumo cuidado debido a su discapacidad. Mi imagen de ella está liada a la ternura, a su perfume de uvas viejas y al rouge rojo intenso. A veces yo dormía en su cama solitaria y Federico también, siempre sujetado a sus manos de seda, ya que le tenía un tremendo pánico a la oscuridad. Cada vez que se quedaba a dormir en mi casa teníamos que dormir con la luz prendida, en el mismo colchón y sin poder dejarlo un instante solo porque sino lloraba.
A medida que fui creciendo mi amistad con Federico se iba acrecentando e iba atándome a sus cadenas con mayor vehemencia. Era un peso que no podía cargar pero que se me imponía como un sino inexorable. Federico algo escondía y me daba miedo, tremendo pánico a que eso fuera eso que yo pensaba que era. No cabía en mi cabeza cómo había estado dándose piquitos con nuestro amigo Félix ni cómo tenía tanto coraje para agitar tan abiertamente sus alas de mariposa floreciente. En el colegio todos lo cargaban y le hacían bromas pesadas de mal gusto, le colocaban apodos denigrantes como “mozo sin bandeja”, “campana rota, trolóntrolón”, entre otros tantos más. Para colmo él pintaba las cosas de color rosa, admitía su gusto por los asuntos femeninos y provocaba constantemente con su voz de niño poco desarrollado infatigables riñas verbales. Cada vez que lo golpeaban o le hacían daño, yo sentía una gran pena por él, jamás hubiese querido estar en su lugar y yo sabía que en el fondo una gran congoja lo afligía.
Lo que más me impactó de Federico fue un extraño episodio que tuvo lugar una tarde de verano en las vacaciones de enero. Una vez nos habíamos reunido Félix, Federico, yo y un vecino mío que se llamaba Ramiro en la pileta de la terraza de mi casa, cuya agua nos alcanzaba hasta las rodillas siquiera. Sin embargo, nos divertíamos y jugábamos con las bombitas de agua con un poquito de aire o bien a los superhéroes. Fue Félix, quien tenía una pasión escondida por la actuación, quien nos propuso jugar a representar la famosa película Titanic. Federico muy entusiasmado acató las órdenes de Félix de inmediato y yo algo asustado y desconcertado decidí hacerme a un lado e ir a jugar con mi perra Margarita arrogándole una de las pelotas de tenis que nos habíamos robado del club. Mi esquizofrénica perra corría la pelota de aquí para allá, de allá para acá, siempre moviendo la cola convulsivamente y jadeando de la emoción. Ahora no paraba de ladrarme y de querer llamar la atención para que siguiera jugando con ella pero esa vez no podía hacerlo, estaba ensordecidamente petrificado . Mis ojos no podían creer ni entender lo que allí pasaba. Federico se encontraba recostado sobre la pileta intentando ser Kate Winslet, mientras que Ramiro y Félix se turnaban para abrazarlo por detrás, apoyando constantemente sus cuerpos sobre Federico quien yacía boca abajo y recibía sus demonstraciones de afectos sin preocupación alguna. ¿Qué estaba pasando? Yo no lo podía creer. ¿Cómo podía ser que Félix y Ramiro con sus respectivas diminutas erecciones ya tan tempranamente estén haciendo eso? ¡Y Federico que se dejaba! Salí corriendo, disparado hacia mi casa, temblando, sin discernir ni asimilar tal situación de shock causada por las orgías sexuales de mis amigos perversos.
¿Acaso era normal eso o yo era el anormal? Me sentía ajeno, extraño. Aturdido. Sin poder procesar lo que pasaba. Las cosas iban de mal a peor, especialmente para Federico, el ganador del Oscar a mejor rol femenino protagonista pasivo estelar. No quería que ese monstruo fuera mi amigo. Estaba enfermo y necesitaba ayuda, yo sabía que iba a poder curarlo de algún modo. Aún restos de mi cariño hacia él se conservaban, así que intenté olvidar lo acontecido y darle otra oportunidad. Pero esa oportunidad se consumió una noche en un piyama party en mi casa, unos años más tarde cuando éramos púberes.
Esa noche vinieron Ramiro y Federico a dormir a casa, a jugar a la playstation y viciar con sus juegos la mayor parte de la noche. Mirábamos los dibujitos, alguna que otra película y hacíamos partidos de fútbol con los videojuegos en los cuales Federico siempre perdía. A veces yo me ponía a leer mientras ellos hablaban de música, del colegio o de cosas secundarias y tardaba en caer en cuán rápido el tiempo pasa y cómo cambian las cosas. Aunque el vínculo que me unía a Federico seguía intacto y hasta mejor porque podía ver transformaciones en él. Ya no era tan maricón y se esforzaba quizás en ocultarlo, pero no subyacía en mí jamás el miedo a una suerte de violación por su parte. Creí tenerlo superado.
Entre algunas copas de jugo y galletitas de chocolate, mientras miraba el techo de mi cuarto el sueño me consumió. Federico y Ramiro seguían jugando y yo ya les había traído los colchones para que se acomodaran y durmieran cómodamente en el suelo a un costado de mi cama. Fueron unos instantes en los que me dormí y al abrir los ojos algo me resultó extraño. La luz estaba apagada y ya sabemos bien el miedo que a Federico eso le inspira. De todos modos, no le di importancia e intenté seguir durmiendo, siempre abrazado a mi almohada y acurrucado entre las sábanas del rey león. Luego de dar varias vueltas, encontré la posición adecuada para dormirme e instantes después escuché una especie de murmullo o ruido extraño, como si fuese un jadeo o una respiración exaltada. Me di vuelta sigilosamente y me tapé por completo. Por una hendidura pispié para ver qué estaba pasando. Seguro era todo fruto de mi imaginación. Pero si ustedes me pueden explicar cómo hice para imaginarme lo que estaba viendo, si tan solo pudieran todo cobraría menor importancia. Estaba incrédulo. Anonadado.
Nuevamente el monstruo salía al ataque con ferocidad. El actor estelar volvía a escena luego de un tiempo, esta vez personificado en la legendaria Emanuelle. Aún no puedo entender cómo Federico estaba haciendo lo que hacía, no había explicación lógica y racional, no había razón alguna que me sirviera para comprender tal barbaridad e injuria. Muy impasiblemente Federico jugaba con su boca, y no con el vaso de jugo de naranja. Cómo comía las galletitas, y no las de chocolate. Díganme cómo iba yo a entender que Federico estaba nuevamente conversando y no con Ramiro, esta vez con un micrófono, muy desenfrenadamente, en mi cuarto, en mi casa, cerca de mi familia mientras yo veía la manera en la que el pedazo de carne de mi vecino se deslizaba jugosamente por entre sus labios que gozando recorrían toda su intimidad con profundidad y abiertamente, ¡ante mis ojos! ¿Cómo era posible eso? ¿Qué estaba pasando? Todo se había desvirtuado. Ya no quedaba ni el más mínimo rastro de respeto. Solo rastros de nubes blancas en una noche de infierno tormentosa. La furia se había apoderado de mí legítimamente. Era hora de ponerle límites.
Sí, es hora de ponerle límites- dijo mi papá mientras se desplomaba en la puerta de mi habitación y su rostro se iba empalideciendo tanto que pensé que esa noche se nos iba.
Algo olía muy mal, y no solamente la boca de Federico.
domingo, 1 de noviembre de 2009
+Elija la opción correcta. ¿Cuál no corresponde?
Odioso. Perverso. Maniático.
Obsesivo. Extremista. Sádico.
Celoso. Indiferente. Psicópata.
Neurótico. Histérico. Cobarde.
Traicionero. Falso. Prescindible.
Furioso. Vehemente. Descontrolado.
Ilimitado. Irresistible. Inalienable.
Insoportable. Ingenuo. Enamoradizo.
Caprichoso. Masoquista. Ciego.
a) Todas las opciones son correctas
b) Todas las opciones son incorrectas.
c) ¿verdadero o falso?
d) RESPONDA.
e) Opción múltiple (a, b, c, d, e, …)
f) Relacione los conceptos. Procéselos y elabore una conclusión.
g) Final del juego.
2)
QUIERO GRITAR.
Desplegar un abanico de llantos, bronca y espasmo.
Partir el horizonte con la mirada,
dividir el firmamento.
Escrutar el mar,
ahogarme en él.
Hundirme poco a poco, cubrirme con la arena
que ardiendo me abrase,
me entierre.
Quiero escapar, huir hacia un mundo desconocido.
Zarpar, anclas nuevas. Rocío fresco, tierras vírgenes.
QUIERO gritar, gritar
QUIERO GRITAAAAAAAAAAAR-
Teletransportarme al pasado.
Caminar por la vera de la playa, solitariamente.
Acoplar el silencio con mi voz.
Llorar lentamente. Beber el río de agua salada de mis ojos,
que se confunda con el océano.
Fundirme en una estela polar con el mar,
y bajar, muy despacio, hasta el infierno.
Mecánica.
Tuerca. Tres vuelta de tuerca.
Hay algo que tenemos que ajustar.
Giremos a un lado, despacio.
Imperceptiblemente.
Desliz peculiar de una noche de primavera ciega.
Hálito de una mecánica sencilla y particular.
Tuerca. Tres vuelta de tuerca.
Desarmemos la figura geométrica y racional que he formado
en la fábrica de mi inconsciencia.
Sé que si lo hago, tendré que clavar
once clavos en tu calma, sin consentimiento
ni intención alguna.
¿Recuerdas que he trazado con
un trozo de tiza y esa cinta métrica
una línea perpendicular entre tú,
él y yo?
Si hemos de clasificarlo
podría decirte que es rectángulo,
igual para una de las partes, desigual
hacia un extremo.
Aunque, atento
ni quieras ni oses inclinarte
hacia el ángulo del vértice opuesto.
Esculpo en tu mente un tornillito,
lo ajusto a mi manera,
martillo, martillo, martillo.
Y sin querer
¿sin querer?
te acomodo un pensamiento desperfecto.
Extráeme con las pinzas de tu inocencia
un sorbito de mi dulzura
y drénala poco a poco E
cual combustible de tu progreso,
y por qué no róbame un beso
que me desarme el alma.
sábado, 31 de octubre de 2009
Noche de brujas.
Dejemos
solo por esta noche
que el fantasma de tu recuerdo
ingrese a través mi ventana
como una brisa de aire fresco en medio
de este intenso calor que siento por ti.
Dejemos,
en esta noche de brujas,
que tu calma sosiegue
a mi demonio entorpecido
que con una sonrisa funesta
quiere beber tu sangre.
Una vez más,
permíteme atraparme en tu tela
de araña verde,
esa red que me hace prisionero del azar.
Entiérrame en el vacío de mi pecho
con tus ojos rojos y endemoniados,
sumérgeme telepáticamente con tu
sexto sentido y tu radar de arándanos dulces.
Solo por hoy,
y solo por esta noche
permíteme arrodillarme ante tus ojos,
deja que el espíritu ya olvidado de tu memoria
me aceche en este día de luz blanca
y me encadene hasta la medianoche
en tu llama de luna gris.
Rasgúñame en tu almohada seca
asfíxiame con tu inocencia mal concebida
atúrdeme con el canto de tus labios,
dejemos que mi cama se rodee con el espectro de tu risa
esa sombra tenue e imperceptible
que tanto me suscita
en esta noche de lluvia
y de lágrimas y nostalgias borrosas.
jueves, 29 de octubre de 2009
.
Ahora
Bien
Confirmo
Desde
El
Frío
Grito
Haciendo
Ilusiones
Joviales
K
Cómo una simple cosa puede arruinarte el todo.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Ama/lo/gás. (versión en blanco y negro)
ESCUCHA UNA COSA,
hay algo muy pequeñito que quiero contarte.
¿sabes que imagino el relámpago de tu risa
derramando sangre por tu rostro?
¿y que el cielo de nubes borrascosas se
bloquea?
Escucha nuevamente,
quiero decirte varias cosas…
Si tu voz no hubiera tan vociferante sido
no quisiera enterrarte en la bóveda de tus misterios
y el halo oscuro de tu falsa sonrisa
alumbra mi sadismo aprisionado.
No es que quiera ser irrespetuoso,
o simplemente desubicado como tú,
pero tu efímera belleza mece
mi pasión criminal.
Y tus ojos tan serenos me incitan
desconfianza.
Otra cosa déjame decirte.
Es el precio del juego casual,
intentar volver a encontrarte, (por última vez)
y solo unos segundos bástenme para
presenciar el galope vehemente
de mi ya olvidada euforia
que con muchas ganas y con sed de gloria
quiere golpearte.
Y no te miento si te digo que desde
entonces los sentimientos van cobrando
forma (de cuchillo afilado, déjame aclararte también)
y las cenizas vuelven a encenderse
con las chispas de tu inocencia,
que con mucha vehemencia quisieran incendiarte.
(oh! Firemen strike!)
Escucha, déjamelo decírtelo al oído. Murmurarte. Reclamarte.
Quiero sellar tus labios con un hilo de acero.
Y beber tu sangre rosada mientras agonizas.
Escucha, déjame insinuarte,
Hay algo más detrás del velo de mi disfraz:
un
Monstruo descabellado.
Escúchame, déjame GRITARTE.
el roce efímero del cuchillo,
Ese instante mágico de vuelo al firmamento, (tuyo y no mío)
la gota condensada de dulce venganza, (mía y no tuya)
magnética conexión ambivalente, (tuya y mía)
(¿la has percibido?)
ESCÚCHAME déjame reiterarte
ESCUCHA, déjame GRITARTE
VOCIFERARTE. A G O N I Z A R T E.
¿no ves mis labios pronunciándolo?
ESCUCHA, ¿has escuchado?
Entonces repítemelo (muy bajito, hasta el silencio)
(Y por si acaso puedes)
y seré el más feliz.
lunes, 12 de octubre de 2009
Ama/lo/gás.
ESCUCHA UNA COSA,
hay algo muy pequeñito que quiero contarte.
¿sabes que imagino el relámpago de tu sonrisa
crujiendo en mi ventana?
¿y que el cielo se despeja con el sable de tu
risa?
Escucha nuevamente,
quiero decirte varias cosas.
Si tu voz no hubiérase acomodado
en la bóveda de mis tímpanos,
nunca hubiera descubierto lo que es la ternura.
Y que el sol de tus manos perfectas
alumbra la antesala de mis sueños.
No es que quiera ser irrespetuoso,
o simplemente desubicado,
pero tu belleza sempiterna mece
mi beoda pasión.
Y tus ojos tan serenos me incitan
desconfianza.
Otra cosa déjame decirte.
Es el precio del juego casual,
intentar volver a encontrarte,
y solo unos segundos bástenme para
presenciar el galope vehemente
de mi ya olvidada euforia.
Y no te miento si te digo que desde
entonces los sentimientos van cobrando
forma y las cenizas vuelven a encenderse
con chispas de inocencia.
Escucha, déjamelo decírtelo al oído.
Murmurarte.
Quiero abrazarte en dos instantes del tiempo
Invertido.
Escucha, déjame insinuarte,
Hay algo más detrás del velo de mi disfraz.
Escúchame, déjame GRITARTE.
el roce efímero con tus labios,
ese instante mágico de vuelo al firmamento,
la gota condensada de dulce rocío,
magnética conexión ambivalente,
(¿lo has percibido?)
ESCÚCHAME déjame reiterarte
ESCUCHA, déjame GRITARTE
V O C I F E R A R T E .
¿no ves mis labios pronunciándolo?
ESCUCHA, ¿has escuchado?
Entonces repítemelo (muy bajito)
y seré el más feliz.
domingo, 27 de septiembre de 2009
Puñado de R I M A S.
Te busco entre el negro de mi alma
y la luz de la mañana
que como el canto de un pájaro
arrulla la esperanza que me oxigena.
Como si fuera fácil hacerse la idea
de que tus labios fueron solo el roce de un sueño
y la excusa barata de aquel vano abril.
Está bien, me quedo yo.
Yo me quedaré acá, esperando la fibra de tu mano
esperándola a ella,
solo a ella para tomarla dedito por dedito
el verde de la palma, los besos chapoteando
entre los charcos de mi lágrima seca,
mientras sostengo entre mi puño, firme,
la víscera de tu inocencia
y la bebo sorbo a sorbo
como el más imperdonable de los venenos.
b) UNTITLED
Te siento,
muy lejos y tan cerca, te siento.
Como un pez buscando el horizonte,
ni tan inalcanzable, ni tan sereno
entre la espuma de la corriente que
choca contra mi pecho en
un hálito de esperanza.
Respiro, muy hondamente respiro
tu aliento que arriba desde lo lejos y desciende
como un sopor frágil y dulce
sobre mis labios, que son tuyos,
solamente tuyos.
Te abrazo entre penumbras,
y sujeto tu mano invisible y sin forma,
recoriendo sus senderos de aire y cristal.
Te toco, muy distantemente te toco,
tan fuertemente te toco que siento que allí
tan lejos donde estás puedes percibirme,
como un haz de luz que proyecta la luna
y atraviesa tus ojos, tus grandes ojos, tus grandes
y tiernos ojos
para desembocar en tus venas y tu sangre
ese río de llama ardiente que alumbra
mi incierto destino.
Susurro,
palabras susurro al viento,
como si ellas pudieran alcanzarte
entre el eco de tu voz que canta y clama al unísono,
esa música de irremplazable consuelo
que cae como pequeñas gotas derocío
sobre mis ojos que te vislumbra en la oscuridad
y te acechan, imperceptiblemente
tan pronto como te esfumas
s e g u n d a
Prometo no olvidar jamás esa mirada.
La ceniza de tu cabello, las manos perfectas sobre el vidrio
del cristal empañado de la ventana,
tu olor a lavarropas fresco.
Prometo no quitar de mi mente el aceite de tus manos
pegajosas, el hilo de baba corriendo en tus labios morados,
lánguidos, tan desgarradoramente mordibles.
Prometo yo quizás hundirme en tus juegos de histeria,
en los celos que despiertan ese monstruo furioso en mí que
oculta su cabeza bajó alguna pared mullida de terciopelo.
Te digo que quizás tú trastabilles e indagues,
has logrado alimentar este amor que genera tanto odio en mí,
estos sentimientos que no puedo controlar,
que son tan despreciables, tan irreconocibles.
Me alejas más y más,
más y más
de lo que verdaderamente soy.
¿O me acercas?
Prometo tomar tu mano algún día y no soltarla por unos cuántos largos minutos,
siempre y cuando no haya nadie mirándonos,
siempre y cuando tú quieras jugar a este juego tan furtivo.
Prometo que si me regalas una de tus sonrisas tan inequívocas,
te miraré tan profundamente que tendrás que quitar la mirada insospechablemente.
Y que si vuelves a hacer lo que tú sabes que hiciste,
te quitaré de un tirón la boca tan húmeda y perfecta.
¿Pero prometes tú que esa mirada ha sido legítima?
¿Prometes tú acaso algo?
p r i m e r a
Sé que puedo morder tus labios y desgarrarlos.
(Pero tragedia significaría)
Sé que puedo abrazarte, y palparte sin pudor.
(Aunque tragedia también lo será)
Sé que si quiero podré murmurarte al oído secretos
que con nadie he compartido, absolutamente con nadie.
Pero yo qué sé cómo reaccionarás ni cómo reaccionarían todos)
También sé que puedo amarrar tus manitos de plastilina
tus manitos tan perfectas y huesudas.
(Mas la tragedia vendrá consigo.)
Sé que tú supones la pérdida de mi identidad,
mi propio desconocimiento.
(Mucha más frivolidad implica esto)
Sé que eres totalmente hipócrita
que nunca te dejarás llevar por lo que tu corazón adule.
(Pues lo mismo que a mí me pasa, sufres tú)
Sé que hay veces que me vuelvo tan débil e imperceptible
en tu mundo, que te crees que no me registras.
( Sé que deambulo todas las noches por los pasadizos de tu mente)
Sé que lo nuestro está prohibido,
que las cosas no se pueden dar así.
(Mas sé que las reglas se pueden partir)
Nuestra vida está llena de mentiras,
plagada de símbolos que ni tú quieres reconocer.
(Pues unámonos en una más y besémonos tranquilos en algún rincón bajo la lluvia)
Sé que quizás nunca leas esto, y me ignores
(El silencio es una copa de veneno que bebemos sin palabras)
Nunca accederás al reto, a la lucha entre estas dos vidas
que el destino lamentablemente nos impuso.
(A ambos nos aterroriza el sólo hecho de pensarlo y de no poder salir)
Siempre que nos miremos al espejo ignoraremos
el monstruo que verdaderamente se refleja en él.
(Cuesta mucho comprar una dignidad y mucho más hacerla verosímil, lo sabes bien)
Sé que ni bien te aceche en un rincón no quedará
ni el más mínimo rastro de tu timidez,
de tu repulsiva indiferencia.
(Te aferras tanto a las leyes que sueles repugnarme, pero cómo me seduce eso,
ni te lo imaginas)
Sé que si me enjuago en tus labios hasta desangrarlos
podré dormir tranquilo.
(Ya no me importará con quién andes ni con quién te revuelques)
Y también sé que siempre me sé creer saber todo
(Cuando todo puede ser lo contrario)
Pero en tu caso tu voz te delata,
tu interés encubierto,
tu tan poco disfrazado aliento de ocultación no sirven para nada.
(Con eso y el aroma de tu ropa duermo sobresaltado todas las noches)
Sé que si acaso te robo un beso y te tomo las manos, ambas se podrán
resbalosas, calientes y transpiradas,
(mientras recorren entre sí todos sus recovecos, temblando sin parar)
Sé que si te lastimo con mis garras
iberaría toda la pasión comprimida
en un húmedo y frágil rumor rociando tus tan befos y oscuros labios.
(maldito sea el día en que se cruzaron en mi camino)
Sé que si alguien nos descubre todo será la perdición,
(y entonces ya no seremos los mismos)
APRENDIZAJE
Y durante este tiempo años aprendí muchas cosas…
que las llaves para saber quién uno es están en nosotros mismos,
que la amistad es uno de los tesoros más preciados en este mundo,
que en el amor también puede haber amistad,
y que en la amistad también puede haber amor,
que los celos destruyen y no construyen,
que podemos arrepentirnos de lo que hicimos y aceptar nuestros errores,
que la distancia es un remedio de irrefutable cura,
que el rencor sólo sirve para envenenarnos el alma,
que hay ciertas penas que son imprescindibles en toda relación,
que el odio verdadero es resultado de los vestigios del amor,
que dejarnos estar es sólo una pérdida de tiempo
que si no valoramos lo que tenemos a tiempo cuando lo perdemos lo sentimos mucho más,
que la madurez no se ejecuta en un chasquido de dedos sino que durante toda la vida,
que nunca vamos a poder aprender todo,
que uno se da cuenta de las cosas recién cuando el tiempo pasa y uno crece,
que escuchar a quienes saben es un acto de suma sabiduría,
que si pensamos que solos podemos estamos muy equivocados,
que el camino por recorrer siempre es pedregoso pero si queremos podemos tomar atajos,
que el amor es siempre una excusa para sentirnos mal,
que el verdadero amor es otra cosa, mucho más sobrecogedora,
que a duras penas y con esfuerzo no hay nada que no podamos alcanzar,
que en otras personas depositamos nuestros reflejos como si fueran espejos,
que uno idealiza mucho al otro para golpearse la cabeza
contra la pared y darse cuenta de cuán equivocado uno estuvo,
que primero tenemos que querernos a nosotros para poder amar al otro,
que en la vida hay dos extremos, ninguno de los dos buenos al fin,
que encontrar el punto medio no es ser vulgar ni cotidiano,
que en la cotidianeidad se encuentra el más dulce sabor de todos,
que romper las reglas no es ser el protagonista sino la víctima,
que no importan los ojos sino la mirada que ellos guardan,
que en un simple gesto se puede condensar toda una historia detrás,
que tomamos sentido ni bien nuestros actos concuerdan con nuestras palabras,
que pr más que no hagamos lo que queremos siempre en el fondo quedará una zozobra de ese deseo,
que el honor y la victoria vician las almas con hipocresías baratas,
que suno no aprende del pasado ni lo tiene en cuenta se queda siempre estancado en el mismo lugar,
que las personas no son cosas y que las cosas no son personas,
que todo tiene un precio por más abstracto que ello pueda ser,
que hay personas a las que necesito mucho y que siempre están,
y otras que necesito mucho más y sin embargo a veces las soy indiferente,
que mis amigos pueden ser mis hermanos,
que no siempre la amistad es color de rosa,
que hay malos y buenos momentos que por ella se deben atravesar,
que el tiempo cura las heridas y alivia el dolor,
que el perdón solo se brinda con una sonrisa y un abrazo,
que dar un abrazo no es tan simple como yo pensaba que era,
que otra persona puede saber que la amo sin que se lo diga,
que durante mis ausencias puedo estar presente igual,
que guardarse todo lo que uno tiene es un juego peligroso,
que desnudarse sólo sirve para pasar papelones,
que las salidas más simples son las más efectivas,
que la naturalidad conlleva a lo que queremos,
que pensar siempre en una persona no es estar enamorado,
que no somos seres individuales sino colectivos,
que en nuevas personas podemos encontrar mundos maravillosos y renovarnos constantemente,
que yo no compongo a mi ser sino que su integridad radica en todos los que están a mis espaldas,
a mi lado y sobre mi frente,
y que esas personas on el regalo más bonito del que hoy puedo apetecer.
A L A B AN Za
Alabaste mis andanzas,
acechaste en un amplio letargo
la erupción de un volcán
atiborrado de magma aspejadoy que,
como infinitos ríosde pasión ardiente,
despertó el estigma del
amor verdadero y carnal en mí.
La falta de correspondencia
puede que haya hecho hervir,
en una oleada de vapores lacrimosos,
la sangre y la obsesión
de olerte, sentirte y aun
besarte en cada recoveco y pasillo
de mi mente
Abrazaste,
sólo en mis sueños,
con tus brazos- dos péndulos
de fuego sagrado-
mis hombros y me elevaste
a un mundo que en parte ya conocía,
pero cuya dimensión se eleva
a infinitas potencias supremas y
correlativas.
Las cuerdas de tu desafinada arpa
quizás sean la única razón por
la cual mi instinto no se esfuma
en la penumbra.
Aunque mi mundo se encuadre
en un complejo abecedario,
sé bien que este continúa
en un horizonte de múltiples
concepciones donde las letras
siguen como así lo hacen los pensamientos
desencadenados y siniestros,
que se unen uno por uno
con el hilo de tu risueña voz.
El destello de tu pelo
en mis ojos, el asfalto perfecto
de tu tez, las pálidas y verdosas
persepectivas de
Tú,
mi cura, de Tú,
mi eterna
Mon soigneur.
ú l t i ma
Quizás sea esta la última vez que diga tu nombre,
la última vez que imponga tu presencia en el alfeizar de mi ventana,
en la tinta de mi pluma azul
o en la ceniza de las lágrimas de mis ojos cansados de llorarte.
Tal vez sea, luego de un largo tiempo,
la última vezque te escriba, que libere unosversos en memoria
de un fantasma que nunca pudo ser persona,
que nunca pude ver en carne y hueso.
Acaso la incertidumbre de no tocarte, de no
olerte, de no poder siquiera respirar el invisible
perfume a uvas viejas de tu cuello,
se ha hecho una costumbre en este salto en salto
de casilleros dispares.
Puede que sean estas las últimas lágrimas que derrame por tu boca,
puede que sean las ya olvidadas notas de mi piano
las que encarnen en tu voz una melodía de melancolía risueña.
Pero si acaso fuera así no sería
ni por mis dedos ni por mis claves de sol ni por mis adagios.
Y ahora emergen las miradas,
cubren con un halo opaco el cielo que apenas
se envuelve en esta mañana de fresias pálidas.
Los ojos que ya no son más verdes,
las manos que no son ya perfectas,
los labios que sí esta vez se han probado,
los cabellos que rubios no han de ser jamás.
La tez que gradualmente se empalidece,
la sombra que va tomando forma,
la mutua nostalgia que nos abraza deslizando con vigor
sangre, dientes y labios de azúcar y sal.
El alma que se reencarna en una nueva sed
de náuseas, vómito y fiebre. De cólera.
El viento arrulla un ronroneo,
ahoga las palabras y las hace pesadas.
La luna en el cielo se adormece y baila.
Se pliega el horizonte en múltiples zarzuelos,
y sus versos barren los de antaño.
La pala, con la escoba;
los restos, con la pala;
el cesto, la tapa
y en un desliz pasajero, se me escapa la vida.
Se me escapa la muerte- x
jueves, 24 de septiembre de 2009
A d e l a n t o.
El silencioso reservado, el nudista público emotivo. El gordito cachetón, el flaco. El que siempre tiene una solución, el que nunca la encuentra. El feliz, el depresivo. El más idiota, el más inteligente. El que se viste bien, el que no sabe combinar ni buen gusto tiene. El pragmático, el teórico positivista. El generoso, el avaro sentimental. El que rompe las reglas, el conservador esquematizado. El esquizofrénico compulsivo, el tranquilo que ostenta la paz. El hombre, la mujer de la casa. El lindo, el más feo de todos. El del pelo lacio, el de pelo enrulado e inmanejable. El obsesivo insoportable, el que no le importa nada. El que se atiene a las reglas, el liberal. El corazón abierto, el mente cerrada. El simpático, el asqueroso repulsivo. El compulsivo pasional, el que premedita las cosas de antemano. El mejor amigo, el peor enemigo de todos. El que todo lo tiene, al que todo le falta. El mal perdedor, el que acepta su propia derrota. El mentiroso, el cien por ciento pro verdad. El autoritario represivo, el democráta progresista. El desbordado, el que demarca sus límites. El conformista superado, al que nada le viene bien. El todo poderoso, el inservible chupamedias. El mejor, el pésimo. El valiente, el homosexual reprimido. El optimista, el pesimista resignado. El energético, el perezoso sin aliento. El que todas se las sabe, el que no entiende nada de la vida. El maduro, el más podrido fruto del árbol caído. La madre Teresa de Calcuta, Lucifer el vil. El limpio, el sucio piojoso. El orgulloso, el benevolente que siempre pide perdón. El justo, el menos virtuoso. El asqueroso, el virgen con pudor. El que te piensa sin cesar, el que niega tu existencia. Tu amigo insospechable, tu más fiel perseguidor. El detallista perfeccionista, el que no encuentra defectos. El gracioso, el aburrido sin remedio. El que siempre ríe, el que sonrisa no posee. El carismático, el malhumorado de siempre.El galán de novela, el fracasado en el amor. La princesa protagonista, el malo de la película. El ejemplo a seguir, la mala compañía. El antiadicciones, el beodo particular. El hijo perfecto, la desilusión de la familia. El calco de mi madre, el reflejo de mi padre. La victoria, la derrota en primera persona. El astuto, el ingenuo. El eternamente enamorado, el odioso sempiterno. El que siempre te da la mano, el que te clava el puñal. El sentimental pasional, el cuadrático racional de siempre. El frío desalmado, el ardiente cariñoso. El individualista, el gente dependiente. El sincero, el falso a hurtadillas. El ordinario, el extraordinario. El simple, el histérico complejo. El pacífico didáctico, el my patience is wearing thin. El inocente absuelto, el culpable condenado a perpetua. El que te mira todo el tiempo, el que corre la mirada. El que te necesita sin consuelo, el independiente autosuficiente. El que te extraña, el que no quiere ni verte. El que anhela tu inexistencia (por no decir anhelarte), el que quiere vivir toda su vida contigo. El que te besa, el que te corre la cara. El que te da la mano, el que te clava las garras. El que te quiere, el que te ama. El que odia. Ese soy yo. Blanco y negro, a veces gris. ¿Verdad?

