martes, 17 de noviembre de 2009

CAPÍTULO UNO: Algo que huele mal.

La tarde del seis de octubre de ya no recuerdo el año, aunque supongo que mi edad oscilaba entre los siete y diez años de edad, me encontraba mirando fijamente y sin quitar mis ojos de los suyos festejando mi cumpleaños a solas en mi habitación junto con la compañía de quien había sido mi mejor amigo, Federico de las Casas. Aún costábame entender qué era aquello que me unía tanto a él y ya desde muy chico podía notarse en él un comportamiento algo extraño y por qué no decir excéntrico. Admito que a esa edad no tenía la facilidad que por ahora tengo para hacer amigos, pero ese día me bastaba su presencia para sentirme satisfecho y contento, por más solitario que pueda aparentar ser. Y Federico aparentaba ser algo más maduro que los demás. Mientras yo me la pasaba jugando con los Power Rangers o los Caballeros del Zodíaco, mi amigo frecuentaba varias horas mirando programas de televisión para adultos y leyendo libros que solamente podía leer él a tan temprana edad.

Así podría representar este recuerdo, yo entusiasmado con un álbum de figuritas y él, muy silenciosamente, jugando con las teclas del piano de mi abuela Belirrosa, o como nosotros le decíamos con cariño Beli. Era sorprendente el oído que tenía, pues ya lograba sacar algunas melodías y ritmos sin tener la más pálida idea de teoría musical y podía notar en él cierta suntuosidad y talento natural a la hora de realizar lo que se propusiera. Además, como si fuera poco, podía leer perfectamente de corrido y ya manejaba la letra cursiva con una facilidad increíble y una prolijidad de las cuales nunca pude ser dueño. No sé si los sentimientos que me generaba mi amigo eran de competencia, de admiración, de envidia o de qué, pero nos llevábamos bien y eso era lo esencial, justamente cuando mi vida sucumbía a la soledad y a la cariñosa compañía de mi familia, especialmente de mi abuela Belirrosa, que como era su nieto más pequeño y como vivía conmigo teníamos una especie de conexión, a veces algo insoportable, pero empalagada de mimos que me reconfortaba lo suficiente y he llegado a descubrir que constituía uno de los pilares de mi vida afectivos y emocionales de imprescindible existencia.

Mi abuela era discapacitada y justamente vivíamos en una casa que estaba separada del suelo por aproximadamente veinticinco escalones por lo que la mayor parte de su vida se la pasó encerrada y sin mucha vida social que digamos. Había tenido un accidente en su fémur mientras bajaba la escalera con unos sifones de mi abuelo, que era sodero en el barrio y a quien no tuve el gusto de conocer. Su vida había sido bastante entretenida antes del accidente y ella me ha contado varias aventuras de sus viajes por todo el mundo, habiendo recorrido Venecia, Roma, Inglaterra, Suiza, Brasil, Chile, varios otros países de Europa y todo el territorio de mi país. A partir de la operación que tuvo en su pierna, donde reemplazaron su fémur de hueso por una espada filosa de hierro, su vida dio un giro de tres cientos sesenta grados y pasó el resto de su existencia confinada en este ataúd de vivienda donde ahora estoy escribiendo. Digamos que tuvo la suerte de vivir en frente del río, en una ciudad llena de verde y jovial, atiborrada de flores y endulzada con el canto de pájaros isleños y mareas constantes. A veces la veía salir altiva y con sus bastones por uno de los balcones de su cuarto, sus gafas coquetas, el rostro maquillado y los labios pintados de rojo carmesí. Siempre tan linda y elegante, tan linda que hubiera dado la vida por comerla a besos, de pie y orgullosa, aunque admito que la he visto varias veces con el rostro cubierto de lágrimas y resignada a aceptar la soledad y el duelo de la muerte de mi abuelo, el rubio, de mi abuelo José quien había muerto unos días antes de mi nacimiento.

Las condiciones de mi llegada al mundo no fueron utópicas, he tenido que soportar comentarios de mi familia como los de haber caído de regalito; mi mamá me concibió casi a los cuarenta años, por lo que deduzco que sus estimaciones acerca de su fertilidad fallaron en cierto punto, en tal punto que me tuvo que parir. Asimismo, la muerte de mi abuelo con quien mi mamá tenía una estrecha relación vino seguida de mi nacimiento, lo cual deja bien en claro ese dicho de que para que nazca algo, otra cosa debe morir antes o bien, el otro dicho más vulgar y algo morboso de mi parte, no hay mal que por bien no venga. Aunque aún no tengo bien en claro mi condición de bien.

Retomando aquella tarde con Federico, me detuve a observarlo un poco. Tenía algún gesto femenino en su forma de expresarse que me generaba bastante rechazo, siempre tuve algo de repulsión hacia los hombres con tendencias amaneradas. A veces me sorprendía con sus proposiciones algo descabelladas, de jugar a las muñecas o de vestirnos con la ropa de mis hermanas, cosa que a veces no podía comprender, más aún suponiendo que a esa edad no existen sexualidades definidas. Pero Federico más allá de su talento y habilidad sobrenaturales, tenía esa especie de defecto, su voz desvirtuada, los movimientos algo atolondrados y promiscuos, sus pasatiempos algo extraños y sus gustos particulares como lo era el de dibujar y diseñar vestidos en una carpetita rosa. A veces a mi familia, algo conservadora, no le gustaba que me juntara con él, pero yo estaba decidido y sabía que me gustaba una de mis compañeritas de colegio, así que mi consciencia estaba tranquila.

Recuerdo haberlo visto a Federico en uno de los recreos del jardín, cuando era más chiquito, jugando a los cuentos de hadas con otro compañero nuestro llamado Félix, en uno de los juegos del arenero. Esa mañana yo estaba intentando construir un castillo imaginario en mis pensamientos cuando de pronto miro hacia uno de los juegos, uno de esos con forma de túnel o de caballos de lata agujereados, allí estaban ellos dos apaciblemente dándose piquitos silenciosos y a escondidas de la maestra. Sorprendido, cerré los ojos y me di vuelta. Seguramente, Federico era la bella durmiente y Félix el príncipe azul. Siempre Félix el mejor de todos, el niño pródigo, bonito, con dinero, bien posicionado, educado y respetuoso, el falso perfecto a quien todos querían y que dejaba tanto a Federico como a mí en segundos planos, algo marginados del resto. A él sí que lo envidiaba y también lo apreciaba dado que al ser el líder del grupo debía rendirle homenaje, hacerle favores y chuparle el culo con gusto y sutileza. Ahora desde lejos, cuando me acuerdo de ese episodio el cual al verlo salí espantado y llorando hacia al baño, puedo entender que esas cosas son comunes en los nenitos y que es durante la infancia donde la sexualidad brota de manera asexuada, o bisexual y que desde muy temprano las pasiones comienzan a adecuarse como así también las elecciones y desviaciones provisorias.

¿Por qué me juntaba tanto con Federico entonces? ¿No debería alejarme? ¿No era peligroso para mí destino estar con alguien de comportamiento aterrador y anormal? En ese momento no se me cruzaban tales preguntas por la cabeza, yo tenía bien en claro todo y a veces me gustaba observarlo porque era gracioso y me hacía reír un rato con sus ocurrencias. Mientras comíamos un pedazo de la torta de mi cumpleaños con las banderitas de los países que me gustaban y que me había conseguido mi otra abuela, Victoria, sentí en mis ojos ganas de llorar pero logré contenerme las lágrimas, ya que si hay algo que siempre he sido fue ser orgulloso. Aún mi hermana mayor no me había regalado nada y, como la consideraba una especie de segunda madre, me sentía desilusionado, con extrema avidez por tener ese juguete que tanto me gustaba y con el que estaba encaprichado. Ya podía notar esa zozobra de capricho en mí, que hasta hoy en día me perpetúa y me empecina en lograr y alcanzar todo lo que quiero. En ese momento, mi objetivo era un objeto mientras que ahora, un poco más crecido, mi blanco son las personas, y por qué no… pensándolo bien, los objetos, ¿no? La cuestión era que yo no tenía mi regalo, eso me fastidiaba a tal punto que Federico comenzaba a irritarme y su voz de nenita malcríada inteligente me sacaba de mis cabales. Constantemente hablando de sus conocimientos teóricos y culturales poco interesantes e ininteligibles. Es el día de hoy que siento mis cumpleaños algo solitarios y abandonado como aquel, pero esto no viene al caso. Lo importante era que estaba con mi familia, mi abuela me había dado algo de dinero y unos besos con rouge muy pegadizos y mis papás me habían regalado una tarjeta que decía “para el campeón de la casa, mamá y papá”, qué desilusión les habré dado cuando supieron que no era ningún campeón sino uno de esos perdedores que no se da jamás por vencido, y ese día, ocurrentemente, no iba a permitir que me quedara sin regalo el rey del hogar, o sea, moi.

Salí corriendo con mi peluche del rey león y llorando casi tan marica como mi amigo Federico y pataleando le hice una escena de victimización a mi hermana, le desordené las hojas de la facultad, le revolví todo el cuarto hasta que de un cachetazo me ubicó en mi carril y al verme el rostro colorado e hinchado me dio un beso, me tapó con su mano mis ojos y al quitarlos dejó sobre mis manos un paquete con un moño, que instantes más tarde desnudé para convertir en un ejército de soldaditos de plástico. La abracé, le di un piquito y me fui con mi regalo algo fanfarrón donde estaba Federico, en mi cuarto, sobresaltado e inquieto; estaba revisando mis cosas, siempre tan curioso y chusma por mis asuntos. Vaya a saber qué estaba buscando, pero pasé por inadvertido el hecho y le propuse jugar con los soldaditos a lo cual me contestó con una propuesta sexual entre muñecas que él tenía y mis muchachos de plástico. Todo terminó en una orgía de juguetería encabezada por él, yo miraba pasivamente cómo lo hacía y empezaba a notar un lado más perverso y negativo en su persona. Lo que aconteció en esas últimas horas de mi cumpleaños, no logro recordarlo, quizás sea por la represión o el trauma que me generó esa experiencia algo pornográfica con mi cada día más inusual amigo Federico de las Casas.

Federico solía tener una estrecha relación con mi madre. A veces me resultaba algo incómodo porque ni yo tenía tales vínculos con ella, era frecuente verlos abrazándose y dándose besos como si fuera madre e hijo y es el día de hoy que pienso que esa fue la semilla que sembró la orquídea de mis celos. Cada vez que veía a alguien con mi mamá una llama dentro de mí se encendía y ardía con pasión esa maldita costumbre que tuve y tengo de no poder compartir las cosas que más quiero. Y para colmo me crié con dos hermanas mayores, Federico siempre entre medio y mi padre, quien no viene al caso. Mis hermanas se encargaron de todos modos de darme mucho cariño y de malcriarme, siempre tuve todo lo que quise, todo tipo de regalos, juguetes, o nimiedad lúdica. La más grande de ellas, Nítmin como yo secretamente le decía, fue como mi segunda mamá; la verdadera siempre estaba trabajando hasta la noche y el contacto que tenía con ella no era excesivo, sino justo y suficiente, aunque no del todo. Así que era ella quien me llevaba al colegio, me sacaba a pasear al cine, a la plaza y me deleitaba con obsequios esporádicos y muy generosos. Hablando en serio, nunca he ido al cine con mis padres lo que deja muy en claro la escasa actividad paternal con ellos. Esto no quiere decir que no háyanme dado su afecto y de vez en cuando era con mi papá con quien iba a las carreras en karting, al teatro, a la calesita Sin Frenos, al río a pescar o pasear a nuestra perra Margarita, la cual terminó en un centro de rehabilitación por sus caderas dislocadas fruto de su hiperactividad en la escalera de casa. Tiempo más tarde, ingenuamente me di cuenta de que no estaba en un hospital perruno sino que enterrada tres metros bajo tierra. Claro, siempre lleva tiempo aceptar tales dolencias, ¿no?

La imagen de Federico fue imperceptiblemente introduciéndose cada día más en mi vida, ya no solo parecía un miembro más de mi familia sino que pasaba la mayor parte del tiempo conmigo, a lo cual me resignaba. Su presencia ya me estaba exasperando y sentía cierto desgaste en la relación, y admito que un poco de rechazo ante su desvirtuada femineidad tenía. Muy en el fondo le guardaba cariño pero mi simpatía ya se estaba consumiendo. Esa imagen de un niño con juguetes de nena y sus hábitos tan extravagantes hacían que naciera un miedo a contagiarme de esa enfermedad. ¿Cómo iba a permitir que él penetrara en mi vida así como si nada? ¿Qué iban al pensar mis amigos ante semejante tan mala influencia? Mi padre lo aborrecía. Al igual que yo. En eso coincidíamos. Siempre que llegaba a casa con su arsenal de juguetes rosas mi papá lo miraba con desprecio y hacía una especie de gruñido que solo él y yo entendíamos. Ni te cuento cuando aparecía disfrazado de mujer y jugaba con mi hermana menor a Xuxa, cada uno con sus porras y agitándolos en el aire sabiendo a la perfección la coreografía de sus más famosos temas.

Jamás podré olvidarme el rostro de mi papá al verlo a Federico vestido de blanco y simulando ser uno de los Susanitos, revoleando las falsas cartas por la cama y saltando como loca buscando la ganadora, corriendo hacia Susana, bajo la actuación de mi abuela Belirrosa, haciendo supuestos llamados telefónicos y gritando dame la SU, la SA, o la NA, ¡SUSANA! Creo que fue a partir de ese momento que mi papá comenzó a tener problemas cardíacos y de presión arterial. Tuvimos que internarlo en un hospital cercano para poder calmar la rabia que lo había poseído. A partir de ese día Federico comenzó a frecuentar mi casa con menor constancia dado que su presencia generaba una tormenta de recuerdos para mi padre que es mejor olvidar. Pero como siempre estaba en mi casa mirando la televisión y sin tener otra mejor cosa que hacer más que dormir o amasar una bolita de moco ya que era un hombre de espíritu de morsa y cuerpo de caracol discapacitado desempleado, Federico aparecía inocentemente tarde de por medio a atormentar mi cabeza.

Creo que sin su presencia mi infancia (y por qué no mi vida) hubiera sido perfecta. Tuve la suerte de poder tener una familia en una buena posición económica dentro de todo, de acceder a una digna educación, alimentarme bien y todo ese conjunto de necesidades básicas y no tan básicas, al menos en este país. La relación entre mis padres no era la mejor pero supongo que sería producto de la erosión que casi treinta años de matrimonio supone. Mis hermanas siempre fueron buenas conmigo y mi admiración hacia la mayor me inspiraba desafíos constantes por igualarla. Nítmin había sido siempre la mejor alumna, la profesora de inglés y de piano, la que sabía hablar francés, la contadora pública recibida a los veintitrés años con mención de honor y promedio ejemplar, el ejemplo a seguir, la organizada y la escrupulosa prolija, la ahorrativa, la que tomaba las mejores y más sabias decisiones, la mala deportista, la brillante genialmente lógica numérica. Y todos le tiraban flores y la galardonaban incesablemente, y es por eso, creo deducir, que siempre aspiré a ser como ella. Más adelante aprendí a tocar el piano, supe manejar el inglés a la perfección, me inicié en el mundo de la escritura y de la lírica principalmente, me esforcé por obtener los mejores promedios y seguí una elaborada serie de consignas con el afán de igualarla, o por qué no, superarla. Ella me lleva catorce años de diferencia, así que imagínense que ya desde muy chico podía apreciarse en mí esa especie de competencia y desafíos constantes, como así de plena admiración hacia alguien, en este caso por mi hermana Nítmin.

Por otro lado, mi hermana menor era la cara opuesta a mi otra hermana. Dos cosas completamente distintas. Mientras que una era sistemática y asquerosamente cerebral, fría y calculadora, ambiciosa y egoísta, Jenofonte, mi otra hermana, siempre fue dulce, esencialmente sentimental, cariñosa, sensible, desbordada por sus sentimientos, con algunas dificultades en el colegio. Y era la comparación permanente entre ellas dos lo que desembocó en la baja autoestima de ella y en su resignación a seguir una carrera como así a sus problemas de concentración y estima propia. Cada cual tenía lo que a la otra le faltaba y como toda persona, tenían lo suyo bueno y lo suyo malo también. Por el momento, nada se excedía de lo normal y mi familia aparentaba ser al menos una enmarcada en la normalidad. Aunque normalidad no es sinónimo de no problematicidad. Con el tiempo me he podido dar cuenta de que yo soy una combinación de mis dos hermanas, un remolino con centros de tensión antagónicos en una lucha constante por la dominación. Aunque esta división que nombro acá podía verse en el resto de mi familia también, el sector paternal siempre fue frío y orgulloso mientras que el de maternal más cálido y cariñoso, acogedor y bondadoso sobremanera. Nítmin pertenecía al primer grupo y Jenofonte al último, yo me balanceaba y hamacaba entre los dos, invariablemente.

Como verán en mi casa me daban todo lo que yo quería y pretendía, grave error por su parte que luego tuve que pagar con las consecuencias propias del capricho y la ambición. Mi crianza se vio influenciada por el cuidado de mi abuela con quien pasaba la mayor parte de mi tiempo junto con Federico. Solía contarme todos sus problemas de salud, sus operaciones y todo tipo de dolencias desde un dolor de hueso hasta una contractura de cuero cabelludo. Su hipocondría ligada a su desesperado deseo por la muerte me sumergió en un mundo de doctores, enfermedades y vacunaciones dolorosas. Federico y yo la escuchábamos atentamente, mirábamos la tele con ella y el programa de Susana y alguna que otra vez dormíamos abrazados en su cama, siempre con sumo cuidado debido a su discapacidad. Mi imagen de ella está liada a la ternura, a su perfume de uvas viejas y al rouge rojo intenso. A veces yo dormía en su cama solitaria y Federico también, siempre sujetado a sus manos de seda, ya que le tenía un tremendo pánico a la oscuridad. Cada vez que se quedaba a dormir en mi casa teníamos que dormir con la luz prendida, en el mismo colchón y sin poder dejarlo un instante solo porque sino lloraba.

A medida que fui creciendo mi amistad con Federico se iba acrecentando e iba atándome a sus cadenas con mayor vehemencia. Era un peso que no podía cargar pero que se me imponía como un sino inexorable. Federico algo escondía y me daba miedo, tremendo pánico a que eso fuera eso que yo pensaba que era. No cabía en mi cabeza cómo había estado dándose piquitos con nuestro amigo Félix ni cómo tenía tanto coraje para agitar tan abiertamente sus alas de mariposa floreciente. En el colegio todos lo cargaban y le hacían bromas pesadas de mal gusto, le colocaban apodos denigrantes como “mozo sin bandeja”, “campana rota, trolóntrolón”, entre otros tantos más. Para colmo él pintaba las cosas de color rosa, admitía su gusto por los asuntos femeninos y provocaba constantemente con su voz de niño poco desarrollado infatigables riñas verbales. Cada vez que lo golpeaban o le hacían daño, yo sentía una gran pena por él, jamás hubiese querido estar en su lugar y yo sabía que en el fondo una gran congoja lo afligía.

Lo que más me impactó de Federico fue un extraño episodio que tuvo lugar una tarde de verano en las vacaciones de enero. Una vez nos habíamos reunido Félix, Federico, yo y un vecino mío que se llamaba Ramiro en la pileta de la terraza de mi casa, cuya agua nos alcanzaba hasta las rodillas siquiera. Sin embargo, nos divertíamos y jugábamos con las bombitas de agua con un poquito de aire o bien a los superhéroes. Fue Félix, quien tenía una pasión escondida por la actuación, quien nos propuso jugar a representar la famosa película Titanic. Federico muy entusiasmado acató las órdenes de Félix de inmediato y yo algo asustado y desconcertado decidí hacerme a un lado e ir a jugar con mi perra Margarita arrogándole una de las pelotas de tenis que nos habíamos robado del club. Mi esquizofrénica perra corría la pelota de aquí para allá, de allá para acá, siempre moviendo la cola convulsivamente y jadeando de la emoción. Ahora no paraba de ladrarme y de querer llamar la atención para que siguiera jugando con ella pero esa vez no podía hacerlo, estaba ensordecidamente petrificado . Mis ojos no podían creer ni entender lo que allí pasaba. Federico se encontraba recostado sobre la pileta intentando ser Kate Winslet, mientras que Ramiro y Félix se turnaban para abrazarlo por detrás, apoyando constantemente sus cuerpos sobre Federico quien yacía boca abajo y recibía sus demonstraciones de afectos sin preocupación alguna. ¿Qué estaba pasando? Yo no lo podía creer. ¿Cómo podía ser que Félix y Ramiro con sus respectivas diminutas erecciones ya tan tempranamente estén haciendo eso? ¡Y Federico que se dejaba! Salí corriendo, disparado hacia mi casa, temblando, sin discernir ni asimilar tal situación de shock causada por las orgías sexuales de mis amigos perversos.

¿Acaso era normal eso o yo era el anormal? Me sentía ajeno, extraño. Aturdido. Sin poder procesar lo que pasaba. Las cosas iban de mal a peor, especialmente para Federico, el ganador del Oscar a mejor rol femenino protagonista pasivo estelar. No quería que ese monstruo fuera mi amigo. Estaba enfermo y necesitaba ayuda, yo sabía que iba a poder curarlo de algún modo. Aún restos de mi cariño hacia él se conservaban, así que intenté olvidar lo acontecido y darle otra oportunidad. Pero esa oportunidad se consumió una noche en un piyama party en mi casa, unos años más tarde cuando éramos púberes.

Esa noche vinieron Ramiro y Federico a dormir a casa, a jugar a la playstation y viciar con sus juegos la mayor parte de la noche. Mirábamos los dibujitos, alguna que otra película y hacíamos partidos de fútbol con los videojuegos en los cuales Federico siempre perdía. A veces yo me ponía a leer mientras ellos hablaban de música, del colegio o de cosas secundarias y tardaba en caer en cuán rápido el tiempo pasa y cómo cambian las cosas. Aunque el vínculo que me unía a Federico seguía intacto y hasta mejor porque podía ver transformaciones en él. Ya no era tan maricón y se esforzaba quizás en ocultarlo, pero no subyacía en mí jamás el miedo a una suerte de violación por su parte. Creí tenerlo superado.

Entre algunas copas de jugo y galletitas de chocolate, mientras miraba el techo de mi cuarto el sueño me consumió. Federico y Ramiro seguían jugando y yo ya les había traído los colchones para que se acomodaran y durmieran cómodamente en el suelo a un costado de mi cama. Fueron unos instantes en los que me dormí y al abrir los ojos algo me resultó extraño. La luz estaba apagada y ya sabemos bien el miedo que a Federico eso le inspira. De todos modos, no le di importancia e intenté seguir durmiendo, siempre abrazado a mi almohada y acurrucado entre las sábanas del rey león. Luego de dar varias vueltas, encontré la posición adecuada para dormirme e instantes después escuché una especie de murmullo o ruido extraño, como si fuese un jadeo o una respiración exaltada. Me di vuelta sigilosamente y me tapé por completo. Por una hendidura pispié para ver qué estaba pasando. Seguro era todo fruto de mi imaginación. Pero si ustedes me pueden explicar cómo hice para imaginarme lo que estaba viendo, si tan solo pudieran todo cobraría menor importancia. Estaba incrédulo. Anonadado.

Nuevamente el monstruo salía al ataque con ferocidad. El actor estelar volvía a escena luego de un tiempo, esta vez personificado en la legendaria Emanuelle. Aún no puedo entender cómo Federico estaba haciendo lo que hacía, no había explicación lógica y racional, no había razón alguna que me sirviera para comprender tal barbaridad e injuria. Muy impasiblemente Federico jugaba con su boca, y no con el vaso de jugo de naranja. Cómo comía las galletitas, y no las de chocolate. Díganme cómo iba yo a entender que Federico estaba nuevamente conversando y no con Ramiro, esta vez con un micrófono, muy desenfrenadamente, en mi cuarto, en mi casa, cerca de mi familia mientras yo veía la manera en la que el pedazo de carne de mi vecino se deslizaba jugosamente por entre sus labios que gozando recorrían toda su intimidad con profundidad y abiertamente, ¡ante mis ojos! ¿Cómo era posible eso? ¿Qué estaba pasando? Todo se había desvirtuado. Ya no quedaba ni el más mínimo rastro de respeto. Solo rastros de nubes blancas en una noche de infierno tormentosa. La furia se había apoderado de mí legítimamente. Era hora de ponerle límites.

Sí, es hora de ponerle límites- dijo mi papá mientras se desplomaba en la puerta de mi habitación y su rostro se iba empalideciendo tanto que pensé que esa noche se nos iba.

Algo olía muy mal, y no solamente la boca de Federico.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Actividades de revisión. Sírvase a leer con atención.

+Elija la opción correcta. ¿Cuál no corresponde?

Odioso. Perverso. Maniático.
Obsesivo. Extremista. Sádico.
Celoso. Indiferente. Psicópata.
Neurótico. Histérico. Cobarde.
Traicionero. Falso. Prescindible.
Furioso. Vehemente. Descontrolado.
Ilimitado. Irresistible. Inalienable.
Insoportable. Ingenuo. Enamoradizo.
Caprichoso. Masoquista. Ciego.


a) Todas las opciones son correctas
b) Todas las opciones son incorrectas.
c) ¿verdadero o falso?
d) RESPONDA.
e) Opción múltiple (a, b, c, d, e, …)
f) Relacione los conceptos. Procéselos y elabore una conclusión.
g) Final del juego.




2)

QUIERO GRITAR.
Desplegar un abanico de llantos, bronca y espasmo.
Partir el horizonte con la mirada,
dividir el firmamento.
Escrutar el mar,
ahogarme en él.
Hundirme poco a poco, cubrirme con la arena
que ardiendo me abrase,
me entierre.
Quiero escapar, huir hacia un mundo desconocido.
Zarpar, anclas nuevas. Rocío fresco, tierras vírgenes.
QUIERO gritar, gritar
QUIERO GRITAAAAAAAAAAAR-
Teletransportarme al pasado.
Caminar por la vera de la playa, solitariamente.
Acoplar el silencio con mi voz.
Llorar lentamente. Beber el río de agua salada de mis ojos,
que se confunda con el océano.
Fundirme en una estela polar con el mar,
y bajar, muy despacio, hasta el infierno.

Mecánica.

Uno, dos, tres.
Tuerca. Tres vuelta de tuerca.
Hay algo que tenemos que ajustar.
Giremos a un lado, despacio.
Imperceptiblemente.
Desliz peculiar de una noche de primavera ciega.
Hálito de una mecánica sencilla y particular.
Tuerca. Tres vuelta de tuerca.
Desarmemos la figura geométrica y racional que he formado
en la fábrica de mi inconsciencia.
Sé que si lo hago, tendré que clavar
once clavos en tu calma, sin consentimiento
ni intención alguna.
¿Recuerdas que he trazado con
un trozo de tiza y esa cinta métrica
una línea perpendicular entre tú,
él y yo?
Si hemos de clasificarlo
podría decirte que es rectángulo,
igual para una de las partes, desigual
hacia un extremo.
Aunque, atento
ni quieras ni oses inclinarte
hacia el ángulo del vértice opuesto.
Esculpo en tu mente un tornillito,
lo ajusto a mi manera,
martillo, martillo, martillo.
Y sin querer
¿sin querer?
te acomodo un pensamiento desperfecto.
Extráeme con las pinzas de tu inocencia
un sorbito de mi dulzura
y drénala poco a poco E
cual combustible de tu progreso,
y por qué no róbame un beso
que me desarme el alma.